Archivos Mensuales: junio 2013

La palabra “este” ya no se tilda.

Durante muchos años, la Academia insistió en distinguir el pronombre del adjetivo, marcándole tilde al primero: “deme éste” (pronombre, con tilde) y “deme este esfero” (adjetivo, sin tilde). La norma se refería a doce palabras: éste, ése, aquél, ésta, ésa, aquélla, éstos, ésos, aquéllos, éstas, ésas, aquéllas.

En las Nuevas normas de prosodia y ortografía, publicadas en 1952, se redujo esta exigencia a los casos en que hubiera lugar a confusión. Por ejemplo, “esta llama” puede ser una masa gaseosa en combustión, mientras que “ésta llama” puede ser una señora pidiendo ayuda. En la Ortografía de la lengua española de 1999, la Academia reiteró que esa tilde era innecesaria, salvo el remotísimo caso de que se prestara a confusión. Finalmente, en la nueva Ortografía del 2010 la eliminó.

En consecuencia, hoy se escribe el pronombre sin tilde, “este le dijo a aquel que fuera por esa” (antiguamente, “éste le dijo a aquél que fuera por ésa”) y el adjetivo, también sin tilde, como siempre, “este funcionario le dijo a aquel mensajero que fuera por esa carta”.

http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/educacion/este-el-lenguaje-en-el-tiempo_12845398-4

¡Dialoguemos con nuestro amigo!

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A veces tengo la extraña sensación de que mis neuronas andan un poco desordenadas en mi cabeza, que es muy corto el camino que hay entre la locura y la cordura, y yo, como transeúnte de mi propio destino, siempre cruzo ese camino con plena facilidad. Así, me encuentro entonces en un estado de demencia sin remedio que no me impide volver a la realidad cuando así se me antoja, y entre esa virtud como yo la llamo, me muevo vagamente entre dos mundos paralelos, que coinciden en tiempo y en lugar, dejándome concluir, que es así como se han pasado los más de veinte años de mi existencia.

Bajo ese agitado estilo de vida, con constantes viajes alucinantes que enriquecen mi nivel cultural y estabilizan mis emociones, pude encontrar muy en mi interior el centro que une a esos dos mundos, y no era otro que mi buen y, a veces, esquivo amigo alojado en mi interior. No sé su nombre, pero tengo la sospecha de que tiene exactamente el mismo que aparece en los registros de la iglesia católica donde me bautizaron. Empecé a conocerlo más a fondo y noté que compartimos bastantes cosas en común, y cuando no sucede, siempre me está dando un buen consejo y hablándome bajo un silencio aturdidor, que a veces siento que está ahí, justo a mi frente o a un costado de donde yo estoy, para actuar de contraparte y hacerme reflexionar en toda decisión. Sí… no cabe duda, es mi gran amigo interior. Algunos días deja de hablarme, cuando mi rebeldía llega a altos niveles de estupidez, que terminan dejándolo triste y abandonándome sin decir nada, pero de la misma manera aparece al poco tiempo, para hacerme saber que ahí estará siempre, incluso después de que me llegue la hora.

Ese amigo, ahora que lo pienso, nunca me ha dejado solo. Él no conoce de olvido ni traición ni ninguno de esos males que acechan a este, el mundo real. Ha estado desde el primer momento en que mis órganos emprendieron su ardua labor. Me ayudó a dar mis primeros pasos y a pronunciar las primeras palabras, jugó conmigo mientras crecía, e incluso estuvo presente cuando vio brillar mis ojos al ver a esa dulce niña, igual de inocente, que supuso la primera discusión entre el sentir y la razón, y de ahí en adelante, ha sido el fiel consejero en tantos desafíos que impone la vida.

En este momento, no sé si es él o yo, quien pulsa las teclas para escribir este relato, pero es que ha sido tan amena su compañía y tan leal, que creo que merece estas sinceras líneas. Él me acaba de aconsejar que vayamos a dormir, para entrarnos en esa aventura onírica que tanto nos gusta, a pesar de que muchas veces, ni siquiera recordamos al despertar.

Yo le haré caso. Él siempre tiene y tendrá la razón. Sonreímos por el buen día que hemos tenido, pero nos damos cuenta de que ya es hora de pasarnos al mundo real, ese en el que tristemente, uno no puede hablar con su amigo imaginario porque ya le están recetando un psiquiatra que nada sabe de nuestros viajes por esos dos mundos, que al menos en nuestro caso, son tan aliados como nosotros.

Este encuentro con mi amigo, no es producto de ninguna matica de mil poderes, ni mucho menos. Es solo un espacio que da lugar a la autorreflexión, un espacio que siempre hay que darse con ese yo interior, que algunas veces nos hace caer en pecado y en otras, nos lleva a la salvación, pero que nos recuerda que a veces es bueno conservar un poco de esa dosis de locura, que nos logre comunicar con nuestra querida alma. Es así como se sentirá el placer y la paz de la verdadera libertad, que primero hay que resguardarse adentro, para después, con alto ímpetu, proyectarse al mundo, cualquiera que sea este.

— Carlos Jaramillo —

en vías de, no en vía de

En vías de, con ese, tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas, es la forma correcta para expresar que algo está ‘en proceso’ o ‘en camino de’ algo, no en vía de.

Sin embargo, es frecuente encontrar en los medios de comunicación frases como «Donan teléfonos móviles a países en vía de desarrollo», «Presos en vía de reinserción pintan y arreglan las sedes de Salud», donde lo adecuado habría sido decir en vías de.