Archivos Mensuales: agosto 2013

El sueño eterno

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 Un año más de vida implica, naturalmente, trescientos sesenta y cinco días más cerca de morir. ¡ Vaya dilema!

Antes de irme a dormir, noté para mi desagrado, que la noche se vestía con un traje inhabitual.  No había una estrella en el cielo. Aquel despliegue de tiniebla dejaba imaginar que sería una noche que no vería el amanecer. Una penumbra que parecía vigilarme, penetraba en tres de las cuatros paredes de la habitación, mientras el aire frígido continuaba instalándose debajo de las cobijas. No sabía si se me sería permitido conciliar el sueño, pero cerraba los ojos más por evitar aquella sombra vigilante, que por realmente poder dormir. Había transcurrido el tiempo, pero el pequeño pedazito de cielo que alzaba a ver tras el reflejo de la ventana, me decía que la noche o tal vez ya la mañana, se empeñaba en ajustarse el traje espectral.

Al fin mis ojos se cerraron, ya por efecto natural del cansancio. ¿Qué iba yo a imaginar que el haberme quedado dormido, sería haber dejado abierta la puerta del fantasma de la muerte? En el sueño de aquella vez, un chiquillo abría por primera vez los ojos y conocía el mundo. Lloraba y lloraba. Nada se podía hacer para que el niño cesara su llanto. Parecía espantado por el mundo que reconocía en sus pupilas. El niño murió de manera inexplicable y acto seguido, abrí mis ojos con terror al haber visto a la muerte bajo un manto de tiniebla, presente en aquel sueño, cargándome entre sus brazos.

Ahora que lo pienso, aquello de un sueño no tenía nada. Lo que nos despierta llenos de miedo en las noches se conoce como pesadilla.

Para mi fortuna, la noche no falló a la cita con el alba, y cuando el cielo aclaró, vino mi tranquilidad, y con ella, un profundo sueño. ¡Qué noche había tenido!

No recuerdo jamás haber estado despierto durante ese atractivo encuentro que se desata cuando todos están bajo el mando del subconsciente. Por desgracia, el miedo no me hizo posible ser un espectador de aquella ejecución de magia.

El cambio del cielo, como fruto de esa prodigiosa e infaltable cita entre la noche y el amanecer es una maravilla no apta para los ojos del hombre. Tal vez porque no lo merecemos o porque ignoramos, como tantas cosas, el artilugio celeste que nos ha sido obsequiado.

Al despertarme, mi familia me felicitaba debido a mi cumpleaños. Yo no contestaba, recordando que el niño que había nacido en aquel “sueño”, era yo mismo quien instantes después era raptado por la muerte.

Siempre que hablo sobre este sueño, por alguna razón relaciono mi fecha de nacimiento con la de mi caducidad. Por ello, desde aquella pesadilla, cada noche previa al día de mi cumpleaños, nunca consigo dormir. Siempre me enfrento a la muerte.