Archivos Mensuales: junio 2014

De sueños y muerte

Tras el susto que había tenido, y luego de verse con una figura un tanto demencial: sus ojotes más abiertos que nunca y su piel pálida y llena de puntos de los que salían unos bellos parecidos a púas, Gibrán agradeció a sus santos que aquello solo fuera un mal sueño.

Pegó un salto para recomponerse y fue a la cocina a beber agua. Su cansancio era notable, sin embargo sentía una extraña sensación de bienestar por la manera heroica en que había enfrentado al espanto. Allí, en medio de su quietud, se percató del infinito silencio que lo acompañaba y entonces se limitó a escuchar más allá de este. No era la primera vez que lo hacía y casi siempre, en cada intento, recordaba a su amigo Frank y su extraño juego.

—Agudiza tus oídos, Gibrán. Ya sabrás cómo todo lo que en este mundo produce un sonido puede sentirse, sin importar de dónde venga— decía Frank, mientras un esbozo de sonrisa se instalaba en su rostro.

El último trago de agua bajaba por la garganta de Gibrán, y  pudo escuchar más claramente el transcurrir del líquido y el sube y baja de su nuez de adán.

El aire más apacible no podía estar, pero cualquier mínima ráfaga de viento era captada por sus oídos. Lo mismo ocurría con los roedores e insectos que vivían en el patio de su casa. Escuchaba con tanto fulgor cada sonido— su olfateo, su caminar, cada movimiento por mínimo que fuese era detectado por el poder auditivo que tenía Gibrán en ese momento— que no tardó mucho en sentirse como en otro lugar. O como otra persona. “Un héroe”, pensó.

Cada nuevo sonido que llegaba a Gibrán, lo llevaba a otra parte. Lo alejaba cada vez más del lugar donde estaba. Parecía estar de viaje, como si hubiese decidido partir hacia algún lugar desconocido, guiado por los innumerables sonidos que venían de alguna parte.

De repente, un sonido más intenso se apoderó de él, uno que, en oídos de cualquier otro humano, también hubiese sido advertido. Era su corazón. Latía tan fuerte, y era como si cambiara de ritmo su palpitar: a veces demasiado rápido y otras veces tan lento que parecía detenerse. Aquel sonido trajo consigo un leve dolor que rápidamente fue tan intenso que hizo volver a la realidad a Gibrán, quien sorprendido, se vio tendido en la mitad de la cocina, con sus músculos pesados y difíciles de mover y un charco de saliva espumosa y amarillenta

La imposibilidad de moverse, de hablar y la capa nublosa que atascaba su visión terminaron por confirmarle que, justo allí, aquellos segundos se trataban de los últimos. Que dentro de muy poco su reloj se detendría para siempre.

En un intento desesperado por comprender la situación, su mente se trasladó al momento en que bebió agua. Pero… ¿cómo habría sido posible que aquello hubiese sido realmente alguna sustancia envenenada y él la hubiera confundido con agua? Y… ¿acaso quién habría cambiado el agua por el veneno y estaría detrás de un asesinato aparentemente deliberado sin él apenas sospecharlo? Gibrán sintió el dolor sosegado de su muerte. Cuando se encontraba en el punto máximo de su agonía, dio un respiro tan profundo que lo despojó de su sueño. Empapado en sudor, al fín encontraba una explicación lógica y sonreía al saber que estaba bien, que todo parecía volver a la normalidad.

Ya totalmente despierto, su mente aún estaba en aquel sueño, pero su atención fue desviada hacia su puerta de la que venía un golpe apresurado de los nudillos de alguien. Al abrir la puerta, vio a su amigo Frank quien, sin saludarlo, lo invitó a que jugaran al juego de agudizar los oídos. Un poco perturbado, Gibrán accedió.

Luego de media hora del ritual, que nunca antes había dado traspié para otra cosa que no fueran risas y bromas, ambos quedaron paralizados cuando escucharon al tiempo el peor sonido que jamás habían escuchado. Era el de la muerte entrando por sus tímpanos e instalándose en sus corazones, era el miedo aferrándose en su interior. Gibrán comprendía que lo que tantas veces le dijo su amigo era cierto. Que existía un sonido maldito que, una vez escuchado, lo acompañaría por el resto de su vida. Sabía que nunca lo olvidaría y que viviría atemorizado al conocer el último sonido que escucharía como aviso a la hora de su muerte. No podía salir del horror.

 Fue entonces cuando su reloj-alarma sonó. Era hora de despertar.

 

 

 

 

 

 

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El agüero del perro

Para muchos, resulta un poco escalofriante pensar el momento en que la muerte tocará sus puertas y los llevará a donde sea que van las almas cuando parten de este mundo. Eso de ir  al cielo o al infierno o quedarse atrapado entre dos mundos sin salida, suelen ser pesadillas que casi cualquier humano ha tenido. Incluso durante mucho tiempo también fui víctima de ellas, y tal vez por ello, aun en mi pálido rostro conservo estas fúnebres ojeras.

 Y  mientras en la memoria de tantos aun los aceche el recuerdo del enigma que sigue vivo en Avellino con respecto al agüero del perro, yo seguiré contemplando la soledad que invade las calles de esta ciudad.

 El frío de la noche nos invitaba a todos los de Avellino, mi pueblo natal, a permanecer bajo el refugio de nuestras moradas, más aun cuando esa soledad, propia de las primeras horas de un nuevo año, hacía presencia sobre todos los rincones de la ciudad, agobiando a cuanta alma se atreviese a transitar por sus nubladas calles. Parecía que aquel lugar había hecho un pacto con el clima para infundir un poco de miedo en todos los habitantes de mi casa, tanto que hasta el pequeño Toby no salía de su casita de madera y había olvidado, de repente, su condición de juguetón. Y qué decir de tía Antonia, que debatía su ansiedad entre gigantescos mordiscos a sus dedos creyendo que eran sus uñas y su perpetua mirada hacia el cuadro de la virgen de Guadalupe, ubicado justo en la columna principal de la casa.

 Lo cierto es que a pesar de mi corta edad, tuve la grata sensación de cumplir el rol de guardián, no solo de mis familiares y de Toby, sino también de una morada que se estremecía con los golpes de esos hielos que junto a los continuos ventarrones, anunciaban la llegada de una inescrupulosa tormenta.

 Ni siquiera el reloj es amable con nosotros, —replicó mi abuela— con un tono insolente, molesta por no haber podido llevar a cabo su acostumbrado ritual: subir a la terraza a disfrutar de sus melodías desde su viejo tocadiscos, mientras hace su escandaloso rezo nocturno a un personaje  que, por lo que ella me contaba, se parecía más a un heroico marinero de caricaturas, que a un santo y salvador de una disque religión, solo conocida por ella, que entre otras cosas, obligaba a sus seguidores a usar un alocado moño azul en todo el pescuezo. Al menos esta noche no serás tú la que no dejará dormir —dije —dejando escapar una leve risa, que enseguida fue contestada con un terrible grito emitido con su mirada, esa mirada malévola tan propia de ella, que a pesar de todo extrañaba, cuando se veía obligada a pasar días y noches en la clínica de San Pedro, luchando con las uvas pasas que llevaba por pulmones.

 El minutero tan solo había avanzado la mitad del reloj, aunque para todos, ya éste había dado unas 10 vueltas enteras. Las ramas de los arbustos que daban al cuarto de tía Antonia, producían un peculiar sonido al chocar con la ventana, contrastando con los chillidos que, en el momento en que parecía que todos estaban tranquilos, empezó a emitir el pobre Toby, disfrazando el lugar bajo un ambiente casi fantasmal. Cuando un nuevo chillido del perro se aproximaba, un ensordecedor rayo quebrantó la luz artificial que  al menos dejaba consolarnos con miradas, y fue ahí, cuando para mi desgracia, lo que quedaba de héroe en mi interior terminó desvaneciéndose por completo.

 Después de una tonta discusión por ir en busca de un poco de luz, finalmente fue la ternura de la casa, la vieja Clemencia, mi abuelita, quien accedió, y con más velocidad que la del rayo, apareció la vela puesta en la mesa de la sala.

No pasó mucho tiempo para que  las inoportunas palabras de tía Antonia, que sirvieron como antesala para un prolongado relámpago, invitaran a cualquiera a salir corriendo: La muerte anda rondando a Avellino y algo terrible está por ocurrir — dijo mi tía—que hasta ese momento era la favorita de entre las otras dos hijas de mi abuela, quienes residían en una ciudad danesa cuyo nombre nunca aprendí. ¡Pásame las correas de Toby, Henrysito! — fue lo primero que dijo mi abuela. — Creí que este vicio de hablar como zombi era cosa del pasado —agregó— disimulando con una discreta broma el gran susto causado, que bien pude notar en las pelos blancos de punta que desprendían de sus brazos.

 Por fortuna, ya todos conocíamos la maña de la tía. Era una mujer fiel a esos llamados agüeros, siempre dando paso a nuevos enigmas y misterios, hasta el punto que si alguna vecina le contaba uno que no conociese, al día siguiente ya aseguraba con actitud alarmante y de posesión de una verdad absoluta, toda una historia llena de drama y confusión.

 Nos había explicado entonces, que los perros cuando chillan por tiempo prolongado y dejando en el aire, uno que otro débil ladrido, era una clara señal de que pronto un oscuro acontecimiento estaría por ocurrir, y que generalmente, estaban asociados a la muerte.

 No sé si era ese el acontecimiento que explicaba mi tía, pero extrañamente, la luz de la vela ya bastante derretida, se apagó, y ese por lo menos, si era un suceso bastante oscuro. No podíamos ver, pero desafortunadamente, en ese momento, nuestros oídos si funcionaban a la perfección, y fue entonces cuando el sonido de la puerta adormeció nuestros sentidos, mientras una terrible ráfaga era descargada sin piedad sobre nuestros cuerpos.

 Yo desde aquí, recreo, como casi todos los días, esa silueta con el rol de verdugo reflejada en el último rayo que ofreció la tormenta y que insiste en cada noche llevarme a esos instantes en los que la lluvia nos hizo creer entrarse convertida  en un festín de balas. No pude saber si fui el primero en caer, o el ultimo…

 Aun ahora, no logro entender qué hago deambulando entre los vivos. Tal vez sea por no haber creído en aquel marinero de caricatura.

El gato y el cigarro

Ya el acostumbrado efecto alucinante había cumplido su función en el cuerpo y en la mente de Marco, quien seguía lamentando, con un poco más de conciencia, la brutalidad que había cometido hace unas pocas horas. Sentía unos nervios tremendos que aumentaban cada que su memoria refrescaba ese olor a sangre viva que le había acompañado durante todo el camino, después de haber pasado las llantas de su camioneta por ese desgraciado animal. Los inútiles 3 o 4 segundos en los que alcanzó a ver un gato incluso más negro que la misma noche parecían haberse congelado en el tiempo y repetirse una y otra vez en la mente de Marco, dando continuidad a una desenfrenada aceleración de pulsaciones que lo invadieron como si un presentimiento, de repente, lo hubiese cubierto bajo un oscuro manto, ahogándolo en gritos que solo él podía escuchar.

 Aquel episodio, no habría sido tan deprimente, de no haber sido por el pésimo día que había tenido Don Marco.  Queriendo encontrar un poco de calma, tomó un cigarrillo que traía en su camisa, que fue lentamente consumiéndose y que dejaría a medias, después de quedar doblado en su banco, entrándose en un sueño profundo, y alejándose definitivamente de toda realidad, en cuestión de segundos.

 El cigarrillo de Don Marco calló a poca distancia de un averiado cable conductor de electricidad, que finalmente, terminó empujando con su anestesiada mano, ocasionando una chispa, que no fue más que la antesala de un prolongado incendio que consagró en llamas el cuerpo tendido de Don Marco, encontrando así su muerte, entre la “mala suerte” de matar a un gato de color negro  y el vicio de toda su vida…

La insoportable levedad del ser (Milan Kundera)

insoportable-levedad-del-serOpinión de la novela:

Considero esta una novela diferente. Que sea diferente no la convierte en mala para mi gusto. Pero más que entretenerme, que gozar con la historia como tal, considero esta como una lectura importante, necesaria… una obra que si bien lleva consigo un trasfondo literario, con personajes, situaciones y toda una historia entorno a ello, creo que esto se hace de manera sencilla, superficial y se entra a ahondar más en un tema que tiene que ver con el alma. Con lo filosófico. Lo interesante es que para ello, utiliza diversos contextos, desde lo social, lo político e histórico hasta algo más cotidiano e individual como las relaciones de pareja, el erotismo, las infidelidades, los celos, el amor etc.

Desde un comienzo, donde se habla del eterno retorno de Nietzsche, o donde se cuestiona sobre la contrariedad entre el peso y la levedad, que es donde radica el argumento clave de la novela, nos empezamos a dar cuenta de que estamos ante una obra diferente, una obra que plantea situaciones inquietantes que quieren buscar en el fondo de las personas, en sus conciencias y emociones aspectos de la vida misma. Sin embargo, la historia que transcurre al rededor de los personajes Tomás, Teresa, Franz y Sabina es atrapante. Mientras nos narran situaciones del contexto socio- político en que transcurre la época, basada en el comunismo soviético y la invasión a la República Checa en 1963, nos vamos enterando también de la vida que llevan estos personajes y la manera en que se relacionan entre sí,  coincidiendo ambos aspectos ( época con personajes) en un mismo tiempo circunstancial, por lo que resulta aún más interesante, por la importancia que da el autor a ambas historias que transcurren de forma paralela.

Es una novela agradable, con cierto cinismo y humor negro, erotismo y bastante filosófico. Se aprende bastante, es una obra que siempre nos plantea nuevas incógnitas, nuevas experiencias, nuevos conocimientos e inquietudes. Todavía me pregunto si es mejor ser leve o pesado, o si empezar a cagar con la puerta abierta me desprenderá verdaderamente de cualquier Kitsch. ¿será posible? Una gran obra…

Puntaje: 7/10