De sueños y muerte

Tras el susto que había tenido, y luego de verse con una figura un tanto demencial: sus ojotes más abiertos que nunca y su piel pálida y llena de puntos de los que salían unos bellos parecidos a púas, Gibrán agradeció a sus santos que aquello solo fuera un mal sueño.

Pegó un salto para recomponerse y fue a la cocina a beber agua. Su cansancio era notable, sin embargo sentía una extraña sensación de bienestar por la manera heroica en que había enfrentado al espanto. Allí, en medio de su quietud, se percató del infinito silencio que lo acompañaba y entonces se limitó a escuchar más allá de este. No era la primera vez que lo hacía y casi siempre, en cada intento, recordaba a su amigo Frank y su extraño juego.

—Agudiza tus oídos, Gibrán. Ya sabrás cómo todo lo que en este mundo produce un sonido puede sentirse, sin importar de dónde venga— decía Frank, mientras un esbozo de sonrisa se instalaba en su rostro.

El último trago de agua bajaba por la garganta de Gibrán, y  pudo escuchar más claramente el transcurrir del líquido y el sube y baja de su nuez de adán.

El aire más apacible no podía estar, pero cualquier mínima ráfaga de viento era captada por sus oídos. Lo mismo ocurría con los roedores e insectos que vivían en el patio de su casa. Escuchaba con tanto fulgor cada sonido— su olfateo, su caminar, cada movimiento por mínimo que fuese era detectado por el poder auditivo que tenía Gibrán en ese momento— que no tardó mucho en sentirse como en otro lugar. O como otra persona. “Un héroe”, pensó.

Cada nuevo sonido que llegaba a Gibrán, lo llevaba a otra parte. Lo alejaba cada vez más del lugar donde estaba. Parecía estar de viaje, como si hubiese decidido partir hacia algún lugar desconocido, guiado por los innumerables sonidos que venían de alguna parte.

De repente, un sonido más intenso se apoderó de él, uno que, en oídos de cualquier otro humano, también hubiese sido advertido. Era su corazón. Latía tan fuerte, y era como si cambiara de ritmo su palpitar: a veces demasiado rápido y otras veces tan lento que parecía detenerse. Aquel sonido trajo consigo un leve dolor que rápidamente fue tan intenso que hizo volver a la realidad a Gibrán, quien sorprendido, se vio tendido en la mitad de la cocina, con sus músculos pesados y difíciles de mover y un charco de saliva espumosa y amarillenta

La imposibilidad de moverse, de hablar y la capa nublosa que atascaba su visión terminaron por confirmarle que, justo allí, aquellos segundos se trataban de los últimos. Que dentro de muy poco su reloj se detendría para siempre.

En un intento desesperado por comprender la situación, su mente se trasladó al momento en que bebió agua. Pero… ¿cómo habría sido posible que aquello hubiese sido realmente alguna sustancia envenenada y él la hubiera confundido con agua? Y… ¿acaso quién habría cambiado el agua por el veneno y estaría detrás de un asesinato aparentemente deliberado sin él apenas sospecharlo? Gibrán sintió el dolor sosegado de su muerte. Cuando se encontraba en el punto máximo de su agonía, dio un respiro tan profundo que lo despojó de su sueño. Empapado en sudor, al fín encontraba una explicación lógica y sonreía al saber que estaba bien, que todo parecía volver a la normalidad.

Ya totalmente despierto, su mente aún estaba en aquel sueño, pero su atención fue desviada hacia su puerta de la que venía un golpe apresurado de los nudillos de alguien. Al abrir la puerta, vio a su amigo Frank quien, sin saludarlo, lo invitó a que jugaran al juego de agudizar los oídos. Un poco perturbado, Gibrán accedió.

Luego de media hora del ritual, que nunca antes había dado traspié para otra cosa que no fueran risas y bromas, ambos quedaron paralizados cuando escucharon al tiempo el peor sonido que jamás habían escuchado. Era el de la muerte entrando por sus tímpanos e instalándose en sus corazones, era el miedo aferrándose en su interior. Gibrán comprendía que lo que tantas veces le dijo su amigo era cierto. Que existía un sonido maldito que, una vez escuchado, lo acompañaría por el resto de su vida. Sabía que nunca lo olvidaría y que viviría atemorizado al conocer el último sonido que escucharía como aviso a la hora de su muerte. No podía salir del horror.

 Fue entonces cuando su reloj-alarma sonó. Era hora de despertar.

 

 

 

 

 

 

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Acerca de arkoriam

Si ignoramos infinidad de aspectos pertenecientes al plano de lo real, no me hago a una idea de cuán grande es nuestro desconocimiento del mundo fantástico. De alguna manera, vivimos de historias que oscilan entre esos dos cosmos y encontrar el valor que en ellas reside es la tarea de todo aquel hombre sensible e inquieto, cuyo objetivo no debe ser otro que buscar ser un poco menos ignorante cada día. Me gusta la Literatura y la comunicación audiovisual, escribir, leer y compartir con buenas personas, buenas charlas.

Publicado el junio 11, 2014 en Cuentos-relatos, Encuentro con la palabra. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Como siempre, un muy buen escrito.

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