Archivos Mensuales: abril 2015

Rubi

anciano-caminando

Del edificio Colmer sale otra vez cabizbajo. Reflexiona: «Cinco malditos años y aún no me dan razón de ti… ¿qué diablos le pasa a esta gente?» «Rubi, vamos, amor… —le pide en silencio— dime dónde te encuentras». Y su voz suave tiembla en su conciencia. Y sus labios apenas si logran moverse sin emitir sonido alguno.

La tarde, meciéndose en su parsimonia, asemeja los pasos de Roberto y de sus ojos dos gotas tímidas al fin se liberan y bañan su rostro. Extrañas formas grises en el cielo, obstinadas en su semejanza con Roberto, inician levemente la llovizna que recae sobre cada techo, cada ventana, cada automóvil, sobre cada ser que, entonces, emprende la huida, buscando cada uno su refugio…

Llega a la calle Balkiria. Es un sucio río sobre el que transitan miles de personas: filas de carros, un montón de pitos que van y vienen, ruidosos motores, humo por todas partes… cada uno parece estar de prisa, pero al final, cada uno desea llegar a su recinto,  y poder descansar en compañía de alguien más.  Roberto, errante, continúa su viaje  hasta llegar al semáforo y poder cruzar a la siguiente cera.

El semáforo está en verde para el transeúnte; le indica el vertiginoso, pero a la vez flemático momento que le espera: seis metros por cruzar. Debe cruzarlos tan pronto como pueda, antes que el intrépido río continúe su avance. En el primer metro, Roberto juega, feliz, con sus carros de juguete, con su padre, juega en la ducha,  hace sus tareas escolares y ve cómo su mejor amigo logra dar los primeros pedalazos en la bici, y él, un poco frustrado, decide seguirlo a pie. El semáforo sigue en verde para él. En el trayecto del segundo metro Roberto tiene gratos encuentros sexuales y logra buenos resultados académicos. Tercer metro y Roberto se enamora. Rubi, la chica de sus sueños. Aún recuerda deslizar sus dedos armoniosamente entre sus cabellos rubios; Rubi, la rubia. Nunca la olvidará. Cuatro metros recorridos y Roberto no entiende la discusión que acaba de tener con su jefe. Ahora no volverá a ir a la oficina. Tantos años dedicados a una misma empresa, a una misma actividad, experiencia, madurez… pero no, nada es suficiente para su jefe. En el suelo blando, ahuecado del quinto metro se hace más necesario el apoyo de su bastón; ya no está ella. Rubi se ha ido. El charco del asfalto le deja ver su expresión de cansancio y fatiga, de dolor, de ausencia; en sus aguas oscuras se mueve en ondas su alma confundida…le duelen las piernas.

Ahora, haber llegado hasta el sexto metro es toda una gesta, la hazaña cíclica, sempiterna de sus días. El semáforo pronto cambiará de color. Roberto no desea caminar más. Falta solo medio metro, pero no. Al otro lado de la calle se traza sobre sus ojos una larga línea que se esfuma sobre un punto en el horizonte y aquella visión hace más pesado su andar. Cree que es mejor dejarse morir, porque hace cinco años lo está. Y justo allí, convulso, con sus recuerdos polvorientos y cansados, con su memoria fragmentada como pedazos de un papel que se intenta reconstruir, cae su mirada y, bajo sus pies trémulos, se encuentra con Rubi que ahora es asfalto, es piedra, es empedrado y cemento. Algunas personas que van a estar por ahí cerca, miradas de compasión, manos tercas que pretenderán ayudarlo al día siguiente ya no van a estar. Estarán otras y de nuevo otras y ,como si se tratara de una sentencia o de un designio árido e infecundo, los mismos seis metros lo estarán esperando cada tarde sobre la calle Balkiria.

 Una vez más Roberto y la estrella pintada  se miran. Y el viejo, macilento, mustio y marchito se abate sobre el suelo.

 

Carlos J.             

Elucubraciones de madrugada

Aún me besa su boca, aún atrapo sus besos en mi boca,
aún intento hallar unos versos que me entreguen su boca,
ese silogismo intuitivo que escapa, que apenas, tenue,
me deja concluir algo…
Luego de sus besos, uno no puede volver a ser el mismo.
El hechizo, que apunta en picada, una vez se posa adentro,
despiadado, engendra una revoltosa antítesis, un contraste inagotable.
Sus besos liberan, el cuerpo se hace más ligero
y el deseo por fin encuentra su vía, su ruta perfecta…
pero también sus besos condenan, se vuelven terriblemente necesarios
y uno se pasa el día pensando en cómo reencontrarse
con ese aire ígneo súbitamente placentero que habita en su boca.
Luego de sus besos, creo, se es libre
y se es preso para siempre…

C.J