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Diálogo al deseo

A esas alturas,
es demasiado pretencioso
creer que aún se tiene el control,
que aún se es poseedor del propio cuerpo.
A esas alturas, ambos oscilamos sombríos
sobre terrenos desconocidos,
como si en otra dimensión nos encontrásemos,
casi palpando el éter que abriga nuestro deseo.
A esas alturas, la respiración dificulta,
y sentimos ahogarnos, asfixiarnos, oprimirnos…
Y el deseo no encuentra otro camino
más que nuestros sexos para liberarse,
y emana entonces de ambos
toda una deleitosa vertiente que fluye sin parar.
A esas alturas, sentimos desgarrarnos
por el vacío de un descenso sin fin…
y allí estamos, empapados el uno del otro.
Apenas viendo nuestros cuerpos,
poseídos, heridos y sumisos… ante tanto placer.

Carlos J.

Identidad

Debería un hombre cualquiera,
por el motivo que sea,
en el momento que escoja,
en la cantidad que desee,
despedirse sonriente de su conciencia,
y adentrarse fascinado a los lujos del inconsciente.
Crearse, inventarse, reinventarse acaso, en el licor…
Probar todo cuanto trago pueda.
Beberse a sí mismo, beberse su vida sin piedad,
sin temor, sin pena…
(ya estos males abundan demasiado por ahí)
Descubrir los sabores, las esencias,
los espíritus que emerjan
desquiciados de ese proceso,
liberarse en el caos, en la locura, en la pesadumbre…
y encontrar así, quizá,
en la nimiedad de una botella, su identidad.

Carlos J.

 

Pocas veces

Pocas veces…

Pocas veces saldrán de sus labios…
Y es que tiene el poder de la palabra
Esa palabra que sabe abrirse paso y
llega directa al centro de su destino,
toda ella ardiendo como leña en la lumbre.
Unas veces, bajo el influjo de su retórica,
y otras, como hace tan poco,
gobernadas por su debida economía y precisión
(Sobre esto último se cimentarán
las siguientes míseras líneas)

-Vaya suerte- me diría un buen amigo,
al contarle que he podido conocerle.
Si se me diera por intentar algo
tan inútil como explicarles,
para empezar diría que es capaz de hacer
que aquellas palabras harto conocidas,
tan comunes en los mortales,
de hasta sencilla articulación fonética,
de repetido uso y desuso cotidiano,
esas de frecuente abuso hoy día,
(aspectos que bien podrían desdibujar el asombro o la dicha)
en su voz, sean todo un cosmos de paz,
regocijo, melodía infinita.
Quizá algo así como poesía…

Salido de sus labios, el sonido de los signos
emprende su camino serpenteado y agitado,
tan propio de esa bella atmósfera que nos es común,
pasa por allí dejando su aroma dulce,
como balsámico, y aunque es tan breve,
es suficiente para exaltar el halo estelar
que conforma su presencia.
De su boca, proviene el éxtasis, entregado
en besos o en palabras perfectas.
¡Dos magníficas presentaciones!

Pocas veces saldrán de sus labios…lo sé

¡Cómo arremetieron en las profundidades de mi ser!
¡Cómo detuvieron por un instante
el engranaje de mis vísceras!
¡Cómo temblé al saberme
fuerte y rendido ante el poder de su palabra…!
¡Al saberme destinatario de su lacónica resolución!
(Es seguro por esto último, he de aceptarlo,
que resulta todo de una naturaleza tan primorosa)
Los nervios, cada uno de mis nervios…
¿Qué puedo decir?
Solidarios, nobles en su labor,
transmitiendo la información súbita,
tejidos prolongados convulsionando,
envueltos en un juego
de señales e impulsos desordenados,
agitados como espuma que frota y acaricia
la suave arena de mar.
Y mis músculos todos,
comprimidos ante el puñal benévolo,
acompasados en una simultánea contorsión,
con fuerza abrazados
por sus escasas y dicentes palabras.
Y mis huesos, crujiendo por un instante
hasta el meollo, y sin embargo,
en una quietud paralela a la del tiempo,
siempre tan relativo.
Y mi piel, como una estepa,
atravesada por una doble y contradictoria intención:
cubre una actividad volcánica tan íntima
y descubre una serie de diminutas formas circulares
semejantes a las del ave sin plumas,
y no puedo evitar sentirme
un poco frágil y vulnerable.

Pocas veces saldrán de sus labios…

En un acto como poético, casi heroico,
esas dos palabras le han rasgado,
han brotado de su voz con ímpetu,
directamente cinceladas
en los recovecos de mi memoria…

Pocas veces saldrán de sus labios, ya lo he dicho…

Se me entenderá pues si pierdo la razón
No se me juzgarán los motivos
de escribir estas líneas.
Me será comprendido entonces si le respondo,
aunque de manera cobarde,
con sus mismas dos palabras: ¡Te quiero!

Carlos J.

Maldito gato inoportuno

Déjame dormir tranquilo esta noche,
maldito gato inoportuno
No poseo la culpa de tu mala suerte.
No soy tu amo, ni siquiera te conozco.
¿Con qué derecho vienes a joder mi sueño?
Vete, continúa tu ruta sombría hacia alguna parte.
Perteneces al desacierto,
eres una débil sombra en la penumbra.
Podría aniquilar tu escuálido cuerpo
a como irrumpas en mi techo.
Pero…¿cómo tus diminutas patitas suenan
en el silencio de la noche como pisotadas de un gigante?
¡Maldito gato inoportuno!
Te desplazas sobre el camastro
con la intención de hostigarme
y luego te encorvas sobre mi alfombra
para conciliar un plácido sueño…
¿Qué te has hecho?
¿a dónde has ido, gatito sin nombre?
Oh, deidad de la eternidad o criatura maléfica,
tu halo esotérico desaparece.
¿No era esta acaso tu primera vida?
¡Regresa, maldito! Te he guardado un poco de comida…
!Regresa, maldito inoportuno,
para poder dormir tranquilo esta noche…!

 

Carlos J.

Roberto Zucco (Bernard Marie Koltés)

roberto-zucco

 SOCIEDAD VIOLENTA Y FLUCTUANTE:

UNA MIRADA DESDE LA LIQUIDEZ DEL SUJETO

Por Carlos Jaramillo

Resumen: A partir del aporte filosófico moderno del francés Zygmunt Bauman, se intentará evidenciar el concepto de Modernidad líquida en la obra dramática Roberto Zucco de Bernard-Marie Koltés, encauzándolo, a su vez, con elementos extraídos de La violencia y lo sagrado de René Girard y de otras posturas filosóficas, en función de acentuar la manifestación del “componente líquido” en la figura engañosa, deformada, endeble y, por consiguiente, violenta, propia de la sociedad actual, aspecto que buscará reflejarse en la obra de Koltés.

PALABRAS CLAVES: Zygmunt Bauman, Bernard-Marie Koltés, René Girard, Modernidad, liquidez, violencia, sociedad, identidad, individualismo.

Bien sabido es que el mundo, en esencia, es una esfera de masa, de materia articulada de la cual emana energía y movimiento. También se sabe que dicho mundo, o mejor, dicho cúmulo de materia se encuentra condicionada por diferentes estados que regulan la misma y mantienen el equilibrio en la superficie terrestre; así, conocemos entonces los tres estados en que puede presentarse: sólido, líquido y gaseoso, de los cuales Zygmunt Bauman usa los dos primeros para ejemplificar metafóricamente el devenir de la historia del hombre en sus diferentes ámbitos que, para nuestro caso, será examinado en términos fundamentados desde lo social en pro del desarrollo pertinente de la temática del presente texto, sin desconocer, como es debido, el sello importante implantado en otros ámbitos históricos desde los cuales también el autor en su obra establece su visión.

De este modo, Bauman utiliza el concepto de Modernidad refiriéndose a como el hombre inicialmente se condensaba en la solidez, en la rigidez social y en la pasividad ante lo ya establecido, configurando entonces una primera modernidad: la modernidad sólida, insoluble, estática, una época que marcó por largo tiempo el modus vivendi de las sociedades. Luego aparece el segundo estado, que es justamente en el que se cimienta su obra y de la cual se abordará el análisis de Roberto Zucco: La modernidad líquida. Es en ella —luego de un lógico proceso de transición— donde la sociedad adopta comportamientos claramente diferentes, fluctuando como los líquidos. Entonces, ¿no es fácil percibir hoy una sociedad contemporánea que se mueve y se agita con frecuencia, que adquiere un carácter súbito, moldeable pero inestable y propenso a la oscilación desordenada de sus partes?

Es este carácter pues, más concretamente el de la liquidez, el que servirá para ilustrar, a partir del coloquio entre dichos conceptos socio-filosóficos y la literatura encarnada en este drama trágico, por un lado, la identidad e individualismo en Roberto Zucco, y por otro, la idiosincrasia de las relaciones que se establecen en la misma, dando lugar así a una revisión de ese entramado que sostiene a la sociedad actual y de la que —cabe mencionar— se desprende ese matiz violento y autodestructivo que parece ser tan inherente a su naturaleza humana.

Ya se dio un bosquejo de la metáfora de la liquidez utilizada por Bauman; ahora bien, si hacemos una mirada también líquida, podremos esparcirnos sin problema por las páginas escritas por Bernard Marie
Koltés y encontrar en Roberto Zucco una obra que nos pone en evidencia la representación del sujeto (entendiéndose este, en general, como la humanidad) que fluye en el individualismo, que va y viene en medio de relaciones transitorias, efímeras, simples y fluctúa en la búsqueda o invención de su identidad con la cual logre encajar en el resto de la sociedad, aspectos que a la par sirven como claros indicios para explicar la exteriorización de esa violencia arraigada en el interior del ser y que bien se encarna, sin tapujo, en el personaje Zucco y, en menor nivel, en otros personajes de la obra.

Roberto Zucco, una obra teatral que ve su génesis finalizando la década de los 80, es escrita por Bernard Marie Koltés, un dramaturgo francés que para la época se encontraba debilitado a causa del SIDA. Tal vez esto nos dé a entender las pocas páginas de la obra, la mirada rápida que hace de la historia real sobre la que fue escrita y de la que toma, con posibilidad, los elementos quizá más notorios para construir una historia que corre a un ritmo ligero, con un tono simple, aunque con despliegues de notable elocuencia que exaltan su valía poética y que gira en torno a la figura de un asesino en serie que acaba con su familia y otros personajes, sin mostrar ningún tipo de piedad o remordimiento y que coincide, en su camino, con La chiquilla, otro personaje que adquiere por momentos protagonismo en la obra y que comparte ciertas similitudes con Zucco; es con estos dos personajes, pues, que Koltés teje dos historias entrelazadas que, entre otras cosas, denotan temas sustanciales como la virginidad, la prostitución, la libertad, el engaño , etc.

EL INDIVIDUALISMO, LA IDENTIDAD Y LAS RELACIONES: TRES ASUNTOS LÍQUIDOS

Tres asuntos líquidos salpican conjunta y transversalmente la obra de Koltés. El primero de ellos, la individualización del ser, nos marca una sociedad que funciona como un ente individual que puede valerse por sí mismo, que persigue sus intereses particulares y que se distancia de una colectividad de la que siente represión. Dicho de otro modo, una sociedad propensa a la fragmentación, a la descomposición y esparcimiento en direcciones distintas solventando así la necesidad aparente de desvinculación social, quedando al descubierto entonces que “la individualización parece ser la desintegración de la ciudadanía” (2002: 24) tal como lo indica Bauman en el prólogo de La individualización: El individualismo institucionalizado de su homólogo Ulrich Beck. Entre tanto, en Roberto Zucco se halla en continua expansión esa brecha que confronta al individuo con el ciudadano:

Soy un chico normal y razonable, señor. Nunca me he hecho notar. ¿Se habría fijado en mí si no me hubiera sentado a su lado? Siempre he pensado que la mejor manera de vivir tranquilo es siendo transparente como un cristal, como un camaleón sobre una piedra, atravesar las paredes, carecer de color y de olor; que las miradas de la gente te atraviesen y vean a la gente detrás de ti, como si no estuvieras allí. (1988: 59).

La modernidad es líquida porque ahora adquiere un curso emancipado que tiende a su autosuficiencia, sin embargo, el individuo no puede escapar del todo de la sociedad, dado que esta se configura como el medio que lo somete para así poder encontrar su ‘libertad’. Así pues, Zucco es el manifiesto de esa autosuficiencia, de esa emancipación que Beck indica en La individualización afirmando que “la propia existencia es vivida como una biografía reflexiva y electiva, que se expresa en el mandato ‘hágalo usted mismo’” (2002: 33). Sin embargo, Zucco sigue siendo ‘condicionado’ por el peso mismo de la sociedad en su intento de evasión, hecho que se hace notorio en la respuesta del anciano de la estación cuando le recuerda que siempre se puede descarrilar en cualquier momento:

Soy como un tren que atraviesa tranquilamente una pradera y que nada podría hacer descarrilar. Soy como un hipopótamo hundido en el cieno que se desplaza lentamente y al que nada podría desviar del camino y del ritmo que ha decidido tomar. (1988: 60)

En un sentido más general, a lo largo de la obra se observa el individualismo de los personajes, cada uno adoptando formas distantes, vertiendo su particularidad que apunta al beneficio propio y revistiéndose como una sociedad desvinculada. Ello es fácilmente apreciable en la chiquilla, quien dice tomar sus decisiones por sí misma; en el padre, un borracho cuya mayor cercanía se encuentra en las cervezas; en el hermano, quien va tras intereses netamente económicos; en policías que reflejan el despotismo y la corrupción… y así, el individualismo se va filtrando hasta inundar las líneas que bañan la obra de Koltés.

Muy ligado a este concepto de individualismo trabajado anteriormente está el de identidad, el segundo aspecto líquido. Bauman se refiere a la identidad como algo ondulante, espumoso, resbaladizo y acuoso y que hay que inventar, en lugar de descubrir. Por su parte, Erikson en su teoría de la psicología del yo entiende la identidad como un proceso ubicado en el núcleo del individuo y del entorno, que está en desarrollo y cambio constante. Así pues, ambos autores parecen estar de acuerdo en que la identidad es una tarea del individuo, mediada por la sociedad y que cambia dinámicamente. Tal resumen de datos, en consecuencia, es útil para, desde una visión personal, escenificar la identidad de Zucco, construida de forma semejante a la expuesta por los autores.

Así, vemos un Zucco que al parecer ha llevado una vida normal y que, de forma brusca, ha cambiado notoriamente, haciéndose criminal. Como si, tal vez, luego de sus revoltosos conflictos interiores, se hubiese reinventado exteriorizando así su naturaleza execrable, —de la que ya no podrá evadirse— como respuesta a una sociedad enajenante a la cual detesta y de la que desea huir, sin encontrar otra alternativa de respuesta que usar la violencia en su mayor esplendor.

¿Por qué este niño, tan sensato durante veinticuatro años se ha vuelto loco bruscamente? ¿Cómo te has descarrilado, Roberto? ¿Quién ha atravesado un tronco de árbol en ese camino tan recto para hacerte caer al abismo? (1988: 45).
Quiero marcharme. Hay que marcharse en seguida. Hace demasiado calor, en esta mierda de ciudad. Me gustaría volver a nacer perro, para ser menos desgraciado. Perro callejero, buscador de basuras. Nadie se fijaría en mí. (1988: 68).

Desde otra mirada, la identidad es entendida, en relación con la memoria, como una construcción que amerita una recopilación histórica del individuo, donde sus vivencias del pasado y del presente, más las proyecciones hacia el futuro, articulen esa tridimensionalidad temporal que forma la identidad. No ser tenida en cuenta esta transición a lo largo de la vida, sería negar las consecuencias de actos pasados construyendo una engañosa inocencia; sin embargo, se puede mencionar aquí la presencia que aparece innata en el individuo de poder olvidar. Memoria y olvido se vuelven entonces dos elementos que confluyen en la identidad. Así lo indica Nietzsche quien dice además que el niño es inocente porque no tiene pasado ni memoria, pero que ya no podemos transformarnos en niños, y por tanto, en la memoria se mantiene vigente aquello que no cesa de doler. En Genealogía de la moral dice que “la fuerza que actúa en contra de la memoria es la capacidad de olvido”. (1972: 65)

Siguiendo este rumbo, la escena 12 de la estación donde Zucco conversa con la señora a quien le asesinó su hijo, es un vivaz ejemplo de esta mirada de la identidad, en la que también converge el elemento líquido en la medida en que su identidad parece querer escabullirse, desbordarse, adquirir una forma “derramante” a través de su memoria, pese a que él expresa su deseo de ‘no querer olvidar’.

No, yo no olvido. Lo veo escrito en mi cerebro, cada vez peor escrito, cada vez menos claro, como si se borrase; tengo que mirar cada vez más de cerca para conseguir leerlo. Tengo miedo de encontrarme de pronto sin saber mi nombre. (1988: 92)

Y aún esta identidad parece establecer un cierto contraste paradójico, si hacemos una pausa para fijarnos en que Roberto Zucco resulta ser el único nombre propio de entre todos los personajes, como si se quisiera dotar de una identidad forzada que, tal vez, hace mucho siente robada por parte de la sociedad.

Las relaciones humanas inconsistentes, fluctuantes, cortantes son una característica que Bauman resalta con frecuencia para explicar la liquidez en la sociedad contemporánea, y allí viene el tercer aspecto líquido a tratar. Cuenta de esto se da cuando afirma en Identidad que “Así, si usted desea ‘relacionarse’, ‘pertenecer’ por el bien de su propia seguridad, mantenga las distancias.” (2005: 69) En Roberto Zucco se da en diferentes niveles esas mismas relaciones flojas, poco duraderas, improvisadas e ilusorias. La primera de ellas, la relación que ocurre entre el anciano y Zucco en la estación. Ambos en situaciones similares, moviéndose en un mundo que les resulta desconocido, ajeno y solitario, pero que, no obstante, detona una conversación que se vuelve el hilo de una relación efímera, diluyente, pero cargada de un aparente amparo recíproco.

Usted tartamudea, muy ligeramente; me gusta mucho. Me tranquiliza. Ayúdeme, en la hora en que el ruido irrumpa en este lugar. Ayúdeme, acompañe a este viejo perdido hasta la salida y más allá, acaso. (1988: 61)

En otro nivel se encuentra la relación que une a Zucco con la chiquilla; una relación que parece dejar en ambos una marca irreducible: En la chiquilla, la ausencia perpetua de su flor que ahora le pertenece a él y por consiguiente, su inserción en un mundo hostil; en Zucco, la pérdida de su ‘libertad’ desde el momento en que decide revelar su nombre, cediendo a las insistencias de ella. Así, dicha relación se vuelve entonces una constante fluctuación que se esfuma luego de un corto reencuentro.

Otra relación que cabe resaltar es la del hermano y la chiquilla. Entre ellos, hay una clara relación de costo beneficio, tan frecuente en las relaciones que describe Bauman, donde la globalización y el consumismo son protagonistas. Así, ocurre una liquidez dada en una relación frívola, dispersa y en un sentido, esta vez, monetario.

Yo he fijado el precio en abstracto porque no tiene precio… Pero yo no pienso discutir. Lo tomas o lo dejas. Haces el negocio del año o sigues en la miseria… Te hará ganar tanto dinero que olvidarás el precio. (1988: 88-89)

Se ha procurado, pues, por dar una mirada clara a la forma en que está presente el concepto de modernidad líquida en tres aspectos que considero resultan relevantes por su ejemplificadora inclusión en la composición líquida, encontrando así elementos de relación entre Roberto Zucco y este pensamiento socio-filosófico.

Ahora, a fin de concluir el presente análisis, se abordará el concepto de violencia, no desde un marco tan denotativo como lo muestra la obra, sino, más bien, desde otra postura social que tiene que ver con la implantación oculta del elemento de lo sagrado en las ‘instituciones’ que conforman la sociedad actual, de tal manera que, aun permaneciendo un acto de clara violencia, se logre camuflar este de tal forma que resulta aceptado por las personas. Por lo tanto, aventuraré a germinar un nuevo concepto, donde converja el elemento líquido de Bauman con el de la violencia trabajado en René Girard en su libro La violencia y lo sagrado:

LA VIOLENCIA LÍQUIDA

Como se mencionó anteriormente, en Zucco se plasma de manera patente esa violencia en su mayor furor, como si hubiese alcanzado el punto máximo de ebullición; el mismo, podría ser consecuencia de una visión que tiene Zucco frente a su mundo, viendo a este como una gran calamidad que amerita un rito especial, — como el Pharmakos que se ejecutaba en la Antigua Grecia en el que una persona o una colectividad era sacrificada para obtener la purificación y liberación de culpa — una especie de chivo expiatorio, concepto del que se vale René Girard para explicar cómo el sacrificio, a partir de lo ‘sagrado’ se vuelve una violencia que en la sociedad actual se muestra nebulosa, oculta, respaldada por motivos ‘necesarios’ y de aparente racionalidad para conseguir la aceptación de la misma, sin ser del todo percibida.

Por consiguiente, podría ser esta la razón que explica los múltiples asesinatos de Zucco, intentando condenar así al individuo en general como especie que debe ser exterminada, y de lo que ni él ni su familia quedan excluidos. Pertinente resulta entonces resaltar la cita que hace Girard de Konrad Lorenz cuando se refiere a ese aspecto sagrado como una violencia que busca una víctima de recambio, que para nuestro análisis puntual sería la humanidad en conjunto:

Lorenz, en La Agresión habla de un determinado tipo de pez al que no se puede privar de sus adversarios habituales, sus congéneres machos, con los cuales se disputa el control de un cierto territorio, sin que dirija sus tendencias agresivas contra su propia familia y acabe por destruirla. (1995: 10)

Emerge entonces una conclusión un tanto curiosa: Roberto Zucco configura la evidencia latente de esa realidad violenta que recorre como un fluido en la sociedad, realidad que en Zucco se halla en su forma más ostensible y absuelta de todo tipo de ornamentación, recurso que, en cambio, parece dotar con firmeza a la sociedad actual que encarna de manera ‘institucionalizada’ esa misma violencia. Así pues, una lectura como esta deja al descubierto una realidad violenta que, mostrada desde dos polos opuestos, parecería una paradoja vista desde la obra, dado que para evidenciar lo que parece estar enteramente invisible se vale de una manifestación violenta claramente visible y en fervor, hasta el punto de bullir como un líquido expuesto a intensa temperatura.

En resumen, la liquidez de la que me he valido gracias a Bauman, resulta, pues, un concepto más que concerniente para el análisis transversal que se ha hecho en Roberto Zucco, una obra que, a partir de esta interpretación, nos habla de la insustancialidad y el carácter violento y fluctuante que inunda la sociedad actual —de la que no sería sorpresa que, en un porvenir, se transfigure en un estado gaseoso y, por ende, más disperso aún— y que invita, sin lugar a duda, a una cercanía casi necesaria con la obra de este autor, reconocido hoy en día como referente del teatro contemporáneo.

BIBLIOGRAFÍA
Koltés, Bernard-Marie (1988). Roberto Zucco.
Bauman, Zygmunt (2003). Modernidad líquida. México: FCE.
Girard, René (1995). La violencia y lo sagrado. Barcelona: Anagrama.
Nietzsche, Friedrich (1972). La genealogía de la moral. Madrid: Alianza.
Zabludovsky Kuper, Gina. (2013). El concepto de individualización en la sociología clásica y contemporánea. Política y cultura, (39), 229-248. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-77422013000100011&lng=es&tlng=es.
DE ZAN, Julio. Memoria e identidad. Tópicos [online]. 2008, n.16 pp. 41-67 http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1666-485X2008000100003&lng=es&nrm=iso

Sentencia sobre la tentación

Entrégate a los dominios de la sugestión,
que suelen ser siempre más fuertes que la voluntad.
Deja que su arbitrio te conquiste.
Hazlo, entrégate a la seducción que te llama,
al embrujo hipnótico de la tentación
que bajo el sello de la abstracción
o de la singularidad del sustantivo
hace que avances, que la persigas,
que busques casi con desespero su encuentro…
Entrégate a la fragancia que tiene lo incierto.
No dudes, no te abstengas, lánzate.
No engendres en tu interior un recinto hermético,
no pretendas recluir tus ansias,
no amoldes el ímpetu de tu deseo…
Desnuda tu miedo, tu probidad, tu ‘moral’
y corre hacia la tentación
y luego ríe al verte más humana.
Porque o corres hacia ella o ella correrá hacia ti.
En todo caso, correrás con anteojeras,
terminarás ignorando lo demás
y ahuecando el aparente concreto.
Tu avance cataclísmico seguirá las ondas incitadoras
y a tu alrededor el frágil, el flemático… caerá.
Deja que la tentación te abrace, te bese, te arrulle…
Disfrútala lo que dure, porque también se va.
De su carácter volátil no queda nada;
se desprende siempre lo ilusorio
y te escurrirás por allí,
entre sus fisuras fantasmagóricas,
y desaparecerás.
Te lo digo yo, el cagueta contradicente
que sabe hundirse en el fango,
emitiendo sentencias absurdas,
el que cree saber de lo que habla,
y deja siempre que el silencio reine.
Te lo digo yo, el frágil,
el de caparazón blandengue
que agita su temor, su desconcierto
y su recelo como una bandera…
Te lo digo yo, que he caído y conozco
las cuestiones irreparables de la atracción.
Te lo digo yo, la víctima inevitable
de tu segadora tentación.

Carlos J.

Rubi

anciano-caminando

Del edificio Colmer sale otra vez cabizbajo. Reflexiona: «Cinco malditos años y aún no me dan razón de ti… ¿qué diablos le pasa a esta gente?» «Rubi, vamos, amor… —le pide en silencio— dime dónde te encuentras». Y su voz suave tiembla en su conciencia. Y sus labios apenas si logran moverse sin emitir sonido alguno.

La tarde, meciéndose en su parsimonia, asemeja los pasos de Roberto y de sus ojos dos gotas tímidas al fin se liberan y bañan su rostro. Extrañas formas grises en el cielo, obstinadas en su semejanza con Roberto, inician levemente la llovizna que recae sobre cada techo, cada ventana, cada automóvil, sobre cada ser que, entonces, emprende la huida, buscando cada uno su refugio…

Llega a la calle Balkiria. Es un sucio río sobre el que transitan miles de personas: filas de carros, un montón de pitos que van y vienen, ruidosos motores, humo por todas partes… cada uno parece estar de prisa, pero al final, cada uno desea llegar a su recinto,  y poder descansar en compañía de alguien más.  Roberto, errante, continúa su viaje  hasta llegar al semáforo y poder cruzar a la siguiente cera.

El semáforo está en verde para el transeúnte; le indica el vertiginoso, pero a la vez flemático momento que le espera: seis metros por cruzar. Debe cruzarlos tan pronto como pueda, antes que el intrépido río continúe su avance. En el primer metro, Roberto juega, feliz, con sus carros de juguete, con su padre, juega en la ducha,  hace sus tareas escolares y ve cómo su mejor amigo logra dar los primeros pedalazos en la bici, y él, un poco frustrado, decide seguirlo a pie. El semáforo sigue en verde para él. En el trayecto del segundo metro Roberto tiene gratos encuentros sexuales y logra buenos resultados académicos. Tercer metro y Roberto se enamora. Rubi, la chica de sus sueños. Aún recuerda deslizar sus dedos armoniosamente entre sus cabellos rubios; Rubi, la rubia. Nunca la olvidará. Cuatro metros recorridos y Roberto no entiende la discusión que acaba de tener con su jefe. Ahora no volverá a ir a la oficina. Tantos años dedicados a una misma empresa, a una misma actividad, experiencia, madurez… pero no, nada es suficiente para su jefe. En el suelo blando, ahuecado del quinto metro se hace más necesario el apoyo de su bastón; ya no está ella. Rubi se ha ido. El charco del asfalto le deja ver su expresión de cansancio y fatiga, de dolor, de ausencia; en sus aguas oscuras se mueve en ondas su alma confundida…le duelen las piernas.

Ahora, haber llegado hasta el sexto metro es toda una gesta, la hazaña cíclica, sempiterna de sus días. El semáforo pronto cambiará de color. Roberto no desea caminar más. Falta solo medio metro, pero no. Al otro lado de la calle se traza sobre sus ojos una larga línea que se esfuma sobre un punto en el horizonte y aquella visión hace más pesado su andar. Cree que es mejor dejarse morir, porque hace cinco años lo está. Y justo allí, convulso, con sus recuerdos polvorientos y cansados, con su memoria fragmentada como pedazos de un papel que se intenta reconstruir, cae su mirada y, bajo sus pies trémulos, se encuentra con Rubi que ahora es asfalto, es piedra, es empedrado y cemento. Algunas personas que van a estar por ahí cerca, miradas de compasión, manos tercas que pretenderán ayudarlo al día siguiente ya no van a estar. Estarán otras y de nuevo otras y ,como si se tratara de una sentencia o de un designio árido e infecundo, los mismos seis metros lo estarán esperando cada tarde sobre la calle Balkiria.

 Una vez más Roberto y la estrella pintada  se miran. Y el viejo, macilento, mustio y marchito se abate sobre el suelo.

 

Carlos J.             

Elucubraciones de madrugada

Aún me besa su boca, aún atrapo sus besos en mi boca,
aún intento hallar unos versos que me entreguen su boca,
ese silogismo intuitivo que escapa, que apenas, tenue,
me deja concluir algo…
Luego de sus besos, uno no puede volver a ser el mismo.
El hechizo, que apunta en picada, una vez se posa adentro,
despiadado, engendra una revoltosa antítesis, un contraste inagotable.
Sus besos liberan, el cuerpo se hace más ligero
y el deseo por fin encuentra su vía, su ruta perfecta…
pero también sus besos condenan, se vuelven terriblemente necesarios
y uno se pasa el día pensando en cómo reencontrarse
con ese aire ígneo súbitamente placentero que habita en su boca.
Luego de sus besos, creo, se es libre
y se es preso para siempre…

C.J

Lolita (Vladimir Nabokov)

9788433968272Opinión de la novela

Poco antes de empezar a escribir mi opinión frente a la novela que acababa de leer —en cumplimiento de mi tarea personal— pensaba en que fui casi un “Humbert” mientras tuve esta obra en mi poder. Inmediatamente después de escuchar la recomendación que me hicieron de un libro llamado “Lolita” de un señor de nombre “Vladimir Nabokov” algo pareció haberse activado en mi ser, y como si fuera una especie cualquiera de roedor, empezó a escudriñar en los caminos repetitivos y entrecruzados de las paredes de mi cerebro, hasta que, luego de hacer caso a ese “algo” que me susurraba en tono delicado una sugerencia literaria indicándome que no me arrepentiría, decidí dar inicio a la aventura de leer “Lolita”.

Fue complicado inicialmente, hubo algunas obstáculos que me impidieron adentrarme seria y profundamente en las páginas del libro, pese a la seducción que incesantemente me causaba. Sin embargo, una vez pude iniciar la lectura,rápidamente sucumbí ante la perversidad delirante de una prosa fantástica, de una parodia tenue, fina y aguda, de un laberinto interminable donde residen cantidad de pasadizos y portales secretos que invitan al ejercicio de una lectura seria y apasionante. Así, pues, fue como me dejé absorber, perturbar e inquietar por el conmovedor relato-confesión del profesor Humbert.

“Lolita” es la obra maestra de quien puede ser uno de los últimos grandes escritores rusos de la literatura universal: Vladimir Nabokov, otra de esas “frecuentes” mentes geniales tan incomprendidas y juzgadas de la época, quien escribió —y es un detalle admirable— su novela “Lolita” en un idioma que no era el suyo, el ruso, sino en el idioma de un país en el que tuvo que alojarse luego de ser víctima del exilio por los diversos conflictos de la 2da guerra mundial: el inglés, un idioma que él mismo tilda de mediocre. Sin embargo, es un hecho tan destacable que a pesar de este “pequeño” detalle “Lolita” haya logrado posicionarse con bases firmes como una de las grandes obras del siglo XX. Y es que en sus páginas transcurre una historia cruel, difícil de digerir, apasionante… la oscura, descarada y hasta tierna historia de Humbert Humbert y su irrefrenable obsesión amorosa por la dulce y tierna Lolita, una niña de 12 años tan común, tan inocente y tan víctima.

La obra está dividida en dos partes, siendo claramente la primera la más intensa de ellas, en las que se narra en términos generales, aspectos iniciales que dan a entender el trauma psicológico del profesor, su primer amor, detalles personales que tienen que ver con su familia, sus estudios, su profesión etc, y sobre todo, su relación inicial con Lo, una relación que poco a poco va aumentando en intensidad, hasta llegar a leer algunas escenas tan cargadas de emoción que cuesta trabajo poder avanzar. La segunda parte, si bien pierde un poco ese matiz de intensidad, es —en palabras del mismo autor— donde se hayan los nervios, las coordenadas subconscientes de la novela, hasta llegar a una escena que además de constituir el clímax de la historia, finaliza con fina puntada esa parodia constante que hace a lo largo del libro.

Entre tantos detalles fantásticos que podrían enumerarse de esta joya, voy a destacar dos: uno es la manera fascinante en que Nabokov entreteje su historia a través de un elemento que es la suerte, el azar o el destino, como prefiera llamársele. Es este detalle, el que le da la vitalidad necesaria para que la historia funcione con tan perfecta armonía en un juego dotado de matices que vuelven real la ficción y donde nos enfrentamos a un desasosiego constante no solo por querer saber lo ocurrido, sino, peor aún, por necesariamente preguntarnos si en realidad es verdad todo el relato que se nos es narrado y del que somos testigos solo en la versión que nos cuenta Humbert, el narrador de los hechos en primera persona. El segundo detalle es el de un tema que ya ha sido tratado con anterioridad en la literatura, y es el del doble. El repetido nombre Humbert Humbert como el “William Wilson” de Poe representa la dualidad del personaje. Un Humbert es el tipo consagrado a su estudio, que intenta ser correcto y guiarse por lo que le dice su moral, que no haría daño a nadie. El otro es el Humbert terrible, el pedófilo, el ser abyecto, despreciable y enfermo, que se vale de todo tipo de artimañas para ejecutar su malévolo plan, aún sabiendo que no es correcto lo que hace. Tenemos entonces, el Humbert “bueno” y el Humbert “malo”, y el detalle cobra aún más vida con la aparición casi secreta, sigilosa, detectivesca de Quilty, quien no es más que la personificación de ese ser abominable, de esa sombra, de ese lado oscuro que tiene Humbert.

Pude enterarme por diversas lecturas que hice, que el término “Lolita” se ha popularizado con tanto furor que es reconocido dentro del lenguaje coloquial como sinónimo de “mujer joven y atractiva, seductora”, o lo que el autor también define espléndidamente como “Nínfula”; un simple punto de partida para medir la influencia que tuvo esta novela desde que fue publicada por allá en el año 1955.

Sea la “Lolita” de Kubrick, la de “Lyne” o la que me he ideado en la mente, de lo que sí estoy seguro es que una vez uno, ya entregado en su papel de lector, se sumerge en las páginas de “Lolita”, el hechizo se aviva inevitablemente en la mente y en el corazón del lector, y se ve uno condenado entonces al recuerdo perdurable, imperecedero, inmortal —como el pobre Humbert con su pequeña impúber—; a llevar para siempre el peso de la turbación y del desconcierto que quedan después de una lectura tan intensa y excitante.

Puntaje: 10/10

Carlos J.

Atrapado/La fuente vitalicia/Entre la noche y el día

Atrapado

Soñé imaginando
que soñaba con vos.
Habitabas en los huecos del tiempo,
en las coyunturas del espacio,
mientras yo, sentado,
esperaba sobre una roca cristalina
a descender lentamente
en el vacío perpetuo de tu sentencia.
¡Qué maña tuya cuando vienes y vuelves,
cuando transformas en diminuta
la extensa llanura en que vivo!
Escapo de ti para poder regresar.
Alguien que lo haga, que me ayude…
todavía no consigo despertar…

 

La fuente vitalicia

Ven. Acerca tu boca a la mía,
porque sobre ella baja,
desde la cúspide hasta la pradera,
tibia y purificadora,
la fuente líquida que reaviva
mis sentidos.
Tu suave hálito atrae, aletarga,
desenfrena y condena.
¡Oh musa, imagino que juego
a seguir, a través de tu rastro,
el aroma malva de tus labios!

 

Entre la noche y el día

He decidido seguirla.
La esbelta línea curva
de su sombra
me conduce a las tinieblas.
El tiempo se acelera a nuestro paso
y las higueras brindan un oxígeno
más intenso y cobijador y sofocante.
Y en la penumbra,
en la mitad del crepúsculo ardiente,
las siluetas proyectadas
descenderán para ser polvo,
para ser nada, para ser dispersas
en la bruma de un azul
funesto y penetrante.

 

Carlos J.