Archivo de la categoría: Cuentos-relatos

Rubi

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Del edificio Colmer sale otra vez cabizbajo. Reflexiona: «Cinco malditos años y aún no me dan razón de ti… ¿qué diablos le pasa a esta gente?» «Rubi, vamos, amor… —le pide en silencio— dime dónde te encuentras». Y su voz suave tiembla en su conciencia. Y sus labios apenas si logran moverse sin emitir sonido alguno.

La tarde, meciéndose en su parsimonia, asemeja los pasos de Roberto y de sus ojos dos gotas tímidas al fin se liberan y bañan su rostro. Extrañas formas grises en el cielo, obstinadas en su semejanza con Roberto, inician levemente la llovizna que recae sobre cada techo, cada ventana, cada automóvil, sobre cada ser que, entonces, emprende la huida, buscando cada uno su refugio…

Llega a la calle Balkiria. Es un sucio río sobre el que transitan miles de personas: filas de carros, un montón de pitos que van y vienen, ruidosos motores, humo por todas partes… cada uno parece estar de prisa, pero al final, cada uno desea llegar a su recinto,  y poder descansar en compañía de alguien más.  Roberto, errante, continúa su viaje  hasta llegar al semáforo y poder cruzar a la siguiente cera.

El semáforo está en verde para el transeúnte; le indica el vertiginoso, pero a la vez flemático momento que le espera: seis metros por cruzar. Debe cruzarlos tan pronto como pueda, antes que el intrépido río continúe su avance. En el primer metro, Roberto juega, feliz, con sus carros de juguete, con su padre, juega en la ducha,  hace sus tareas escolares y ve cómo su mejor amigo logra dar los primeros pedalazos en la bici, y él, un poco frustrado, decide seguirlo a pie. El semáforo sigue en verde para él. En el trayecto del segundo metro Roberto tiene gratos encuentros sexuales y logra buenos resultados académicos. Tercer metro y Roberto se enamora. Rubi, la chica de sus sueños. Aún recuerda deslizar sus dedos armoniosamente entre sus cabellos rubios; Rubi, la rubia. Nunca la olvidará. Cuatro metros recorridos y Roberto no entiende la discusión que acaba de tener con su jefe. Ahora no volverá a ir a la oficina. Tantos años dedicados a una misma empresa, a una misma actividad, experiencia, madurez… pero no, nada es suficiente para su jefe. En el suelo blando, ahuecado del quinto metro se hace más necesario el apoyo de su bastón; ya no está ella. Rubi se ha ido. El charco del asfalto le deja ver su expresión de cansancio y fatiga, de dolor, de ausencia; en sus aguas oscuras se mueve en ondas su alma confundida…le duelen las piernas.

Ahora, haber llegado hasta el sexto metro es toda una gesta, la hazaña cíclica, sempiterna de sus días. El semáforo pronto cambiará de color. Roberto no desea caminar más. Falta solo medio metro, pero no. Al otro lado de la calle se traza sobre sus ojos una larga línea que se esfuma sobre un punto en el horizonte y aquella visión hace más pesado su andar. Cree que es mejor dejarse morir, porque hace cinco años lo está. Y justo allí, convulso, con sus recuerdos polvorientos y cansados, con su memoria fragmentada como pedazos de un papel que se intenta reconstruir, cae su mirada y, bajo sus pies trémulos, se encuentra con Rubi que ahora es asfalto, es piedra, es empedrado y cemento. Algunas personas que van a estar por ahí cerca, miradas de compasión, manos tercas que pretenderán ayudarlo al día siguiente ya no van a estar. Estarán otras y de nuevo otras y ,como si se tratara de una sentencia o de un designio árido e infecundo, los mismos seis metros lo estarán esperando cada tarde sobre la calle Balkiria.

 Una vez más Roberto y la estrella pintada  se miran. Y el viejo, macilento, mustio y marchito se abate sobre el suelo.

 

Carlos J.             

Un fantasma vive

Transcurre una lluviosa noche de octubre, y Juan, desde su habitación, piensa en el buen momento que tiene para escribir una historia de terror,y más aún después de presenciar el movimiento brusco y repentino del reloj de pared. Aun así, con los pelos de punta, se motiva a iniciar su relato…

Un hombre corre, sediento, a través de una calle de la que solo puede ver una delgada línea que prolonga su pánico. ¡No hay salida! A su alrededor, enormes paredes enaltecen y duplican la sombra que lo viene persiguiendo desde hace más de media hora. Su corazón agitado, su dificultosa respiración y las suelas de sus zapatos pegando contra el asfalto entran perfectamente en sus oídos como una tétrica melodía. Sus ojos nunca habían experimentado un manto tan oscuro como el que empezaba a envolverlo. De nada había servido correr tanto. Al final, la sombra de ese fantasma, —o quizás la sombra era el fantasma— siempre terminaría siendo más veloz que él.

Su alma se desvanece y, ahora, como los demás, está listo para volver a ese lóbrego mundo de los vivos, donde aún tiene un trabajo pendiente, antes de poder partir para siempre.

Juan mira el reloj, que no deja de moverse; el tiempo se ha detenido y una sombra empieza a cubrir su espalda…

 

Carlos J.

De sueños y muerte

Tras el susto que había tenido, y luego de verse con una figura un tanto demencial: sus ojotes más abiertos que nunca y su piel pálida y llena de puntos de los que salían unos bellos parecidos a púas, Gibrán agradeció a sus santos que aquello solo fuera un mal sueño.

Pegó un salto para recomponerse y fue a la cocina a beber agua. Su cansancio era notable, sin embargo sentía una extraña sensación de bienestar por la manera heroica en que había enfrentado al espanto. Allí, en medio de su quietud, se percató del infinito silencio que lo acompañaba y entonces se limitó a escuchar más allá de este. No era la primera vez que lo hacía y casi siempre, en cada intento, recordaba a su amigo Frank y su extraño juego.

—Agudiza tus oídos, Gibrán. Ya sabrás cómo todo lo que en este mundo produce un sonido puede sentirse, sin importar de dónde venga— decía Frank, mientras un esbozo de sonrisa se instalaba en su rostro.

El último trago de agua bajaba por la garganta de Gibrán, y  pudo escuchar más claramente el transcurrir del líquido y el sube y baja de su nuez de adán.

El aire más apacible no podía estar, pero cualquier mínima ráfaga de viento era captada por sus oídos. Lo mismo ocurría con los roedores e insectos que vivían en el patio de su casa. Escuchaba con tanto fulgor cada sonido— su olfateo, su caminar, cada movimiento por mínimo que fuese era detectado por el poder auditivo que tenía Gibrán en ese momento— que no tardó mucho en sentirse como en otro lugar. O como otra persona. “Un héroe”, pensó.

Cada nuevo sonido que llegaba a Gibrán, lo llevaba a otra parte. Lo alejaba cada vez más del lugar donde estaba. Parecía estar de viaje, como si hubiese decidido partir hacia algún lugar desconocido, guiado por los innumerables sonidos que venían de alguna parte.

De repente, un sonido más intenso se apoderó de él, uno que, en oídos de cualquier otro humano, también hubiese sido advertido. Era su corazón. Latía tan fuerte, y era como si cambiara de ritmo su palpitar: a veces demasiado rápido y otras veces tan lento que parecía detenerse. Aquel sonido trajo consigo un leve dolor que rápidamente fue tan intenso que hizo volver a la realidad a Gibrán, quien sorprendido, se vio tendido en la mitad de la cocina, con sus músculos pesados y difíciles de mover y un charco de saliva espumosa y amarillenta

La imposibilidad de moverse, de hablar y la capa nublosa que atascaba su visión terminaron por confirmarle que, justo allí, aquellos segundos se trataban de los últimos. Que dentro de muy poco su reloj se detendría para siempre.

En un intento desesperado por comprender la situación, su mente se trasladó al momento en que bebió agua. Pero… ¿cómo habría sido posible que aquello hubiese sido realmente alguna sustancia envenenada y él la hubiera confundido con agua? Y… ¿acaso quién habría cambiado el agua por el veneno y estaría detrás de un asesinato aparentemente deliberado sin él apenas sospecharlo? Gibrán sintió el dolor sosegado de su muerte. Cuando se encontraba en el punto máximo de su agonía, dio un respiro tan profundo que lo despojó de su sueño. Empapado en sudor, al fín encontraba una explicación lógica y sonreía al saber que estaba bien, que todo parecía volver a la normalidad.

Ya totalmente despierto, su mente aún estaba en aquel sueño, pero su atención fue desviada hacia su puerta de la que venía un golpe apresurado de los nudillos de alguien. Al abrir la puerta, vio a su amigo Frank quien, sin saludarlo, lo invitó a que jugaran al juego de agudizar los oídos. Un poco perturbado, Gibrán accedió.

Luego de media hora del ritual, que nunca antes había dado traspié para otra cosa que no fueran risas y bromas, ambos quedaron paralizados cuando escucharon al tiempo el peor sonido que jamás habían escuchado. Era el de la muerte entrando por sus tímpanos e instalándose en sus corazones, era el miedo aferrándose en su interior. Gibrán comprendía que lo que tantas veces le dijo su amigo era cierto. Que existía un sonido maldito que, una vez escuchado, lo acompañaría por el resto de su vida. Sabía que nunca lo olvidaría y que viviría atemorizado al conocer el último sonido que escucharía como aviso a la hora de su muerte. No podía salir del horror.

 Fue entonces cuando su reloj-alarma sonó. Era hora de despertar.

 

 

 

 

 

 

El agüero del perro

Para muchos, resulta un poco escalofriante pensar el momento en que la muerte tocará sus puertas y los llevará a donde sea que van las almas cuando parten de este mundo. Eso de ir  al cielo o al infierno o quedarse atrapado entre dos mundos sin salida, suelen ser pesadillas que casi cualquier humano ha tenido. Incluso durante mucho tiempo también fui víctima de ellas, y tal vez por ello, aun en mi pálido rostro conservo estas fúnebres ojeras.

 Y  mientras en la memoria de tantos aun los aceche el recuerdo del enigma que sigue vivo en Avellino con respecto al agüero del perro, yo seguiré contemplando la soledad que invade las calles de esta ciudad.

 El frío de la noche nos invitaba a todos los de Avellino, mi pueblo natal, a permanecer bajo el refugio de nuestras moradas, más aun cuando esa soledad, propia de las primeras horas de un nuevo año, hacía presencia sobre todos los rincones de la ciudad, agobiando a cuanta alma se atreviese a transitar por sus nubladas calles. Parecía que aquel lugar había hecho un pacto con el clima para infundir un poco de miedo en todos los habitantes de mi casa, tanto que hasta el pequeño Toby no salía de su casita de madera y había olvidado, de repente, su condición de juguetón. Y qué decir de tía Antonia, que debatía su ansiedad entre gigantescos mordiscos a sus dedos creyendo que eran sus uñas y su perpetua mirada hacia el cuadro de la virgen de Guadalupe, ubicado justo en la columna principal de la casa.

 Lo cierto es que a pesar de mi corta edad, tuve la grata sensación de cumplir el rol de guardián, no solo de mis familiares y de Toby, sino también de una morada que se estremecía con los golpes de esos hielos que junto a los continuos ventarrones, anunciaban la llegada de una inescrupulosa tormenta.

 Ni siquiera el reloj es amable con nosotros, —replicó mi abuela— con un tono insolente, molesta por no haber podido llevar a cabo su acostumbrado ritual: subir a la terraza a disfrutar de sus melodías desde su viejo tocadiscos, mientras hace su escandaloso rezo nocturno a un personaje  que, por lo que ella me contaba, se parecía más a un heroico marinero de caricaturas, que a un santo y salvador de una disque religión, solo conocida por ella, que entre otras cosas, obligaba a sus seguidores a usar un alocado moño azul en todo el pescuezo. Al menos esta noche no serás tú la que no dejará dormir —dije —dejando escapar una leve risa, que enseguida fue contestada con un terrible grito emitido con su mirada, esa mirada malévola tan propia de ella, que a pesar de todo extrañaba, cuando se veía obligada a pasar días y noches en la clínica de San Pedro, luchando con las uvas pasas que llevaba por pulmones.

 El minutero tan solo había avanzado la mitad del reloj, aunque para todos, ya éste había dado unas 10 vueltas enteras. Las ramas de los arbustos que daban al cuarto de tía Antonia, producían un peculiar sonido al chocar con la ventana, contrastando con los chillidos que, en el momento en que parecía que todos estaban tranquilos, empezó a emitir el pobre Toby, disfrazando el lugar bajo un ambiente casi fantasmal. Cuando un nuevo chillido del perro se aproximaba, un ensordecedor rayo quebrantó la luz artificial que  al menos dejaba consolarnos con miradas, y fue ahí, cuando para mi desgracia, lo que quedaba de héroe en mi interior terminó desvaneciéndose por completo.

 Después de una tonta discusión por ir en busca de un poco de luz, finalmente fue la ternura de la casa, la vieja Clemencia, mi abuelita, quien accedió, y con más velocidad que la del rayo, apareció la vela puesta en la mesa de la sala.

No pasó mucho tiempo para que  las inoportunas palabras de tía Antonia, que sirvieron como antesala para un prolongado relámpago, invitaran a cualquiera a salir corriendo: La muerte anda rondando a Avellino y algo terrible está por ocurrir — dijo mi tía—que hasta ese momento era la favorita de entre las otras dos hijas de mi abuela, quienes residían en una ciudad danesa cuyo nombre nunca aprendí. ¡Pásame las correas de Toby, Henrysito! — fue lo primero que dijo mi abuela. — Creí que este vicio de hablar como zombi era cosa del pasado —agregó— disimulando con una discreta broma el gran susto causado, que bien pude notar en las pelos blancos de punta que desprendían de sus brazos.

 Por fortuna, ya todos conocíamos la maña de la tía. Era una mujer fiel a esos llamados agüeros, siempre dando paso a nuevos enigmas y misterios, hasta el punto que si alguna vecina le contaba uno que no conociese, al día siguiente ya aseguraba con actitud alarmante y de posesión de una verdad absoluta, toda una historia llena de drama y confusión.

 Nos había explicado entonces, que los perros cuando chillan por tiempo prolongado y dejando en el aire, uno que otro débil ladrido, era una clara señal de que pronto un oscuro acontecimiento estaría por ocurrir, y que generalmente, estaban asociados a la muerte.

 No sé si era ese el acontecimiento que explicaba mi tía, pero extrañamente, la luz de la vela ya bastante derretida, se apagó, y ese por lo menos, si era un suceso bastante oscuro. No podíamos ver, pero desafortunadamente, en ese momento, nuestros oídos si funcionaban a la perfección, y fue entonces cuando el sonido de la puerta adormeció nuestros sentidos, mientras una terrible ráfaga era descargada sin piedad sobre nuestros cuerpos.

 Yo desde aquí, recreo, como casi todos los días, esa silueta con el rol de verdugo reflejada en el último rayo que ofreció la tormenta y que insiste en cada noche llevarme a esos instantes en los que la lluvia nos hizo creer entrarse convertida  en un festín de balas. No pude saber si fui el primero en caer, o el ultimo…

 Aun ahora, no logro entender qué hago deambulando entre los vivos. Tal vez sea por no haber creído en aquel marinero de caricatura.

El gato y el cigarro

Ya el acostumbrado efecto alucinante había cumplido su función en el cuerpo y en la mente de Marco, quien seguía lamentando, con un poco más de conciencia, la brutalidad que había cometido hace unas pocas horas. Sentía unos nervios tremendos que aumentaban cada que su memoria refrescaba ese olor a sangre viva que le había acompañado durante todo el camino, después de haber pasado las llantas de su camioneta por ese desgraciado animal. Los inútiles 3 o 4 segundos en los que alcanzó a ver un gato incluso más negro que la misma noche parecían haberse congelado en el tiempo y repetirse una y otra vez en la mente de Marco, dando continuidad a una desenfrenada aceleración de pulsaciones que lo invadieron como si un presentimiento, de repente, lo hubiese cubierto bajo un oscuro manto, ahogándolo en gritos que solo él podía escuchar.

 Aquel episodio, no habría sido tan deprimente, de no haber sido por el pésimo día que había tenido Don Marco.  Queriendo encontrar un poco de calma, tomó un cigarrillo que traía en su camisa, que fue lentamente consumiéndose y que dejaría a medias, después de quedar doblado en su banco, entrándose en un sueño profundo, y alejándose definitivamente de toda realidad, en cuestión de segundos.

 El cigarrillo de Don Marco calló a poca distancia de un averiado cable conductor de electricidad, que finalmente, terminó empujando con su anestesiada mano, ocasionando una chispa, que no fue más que la antesala de un prolongado incendio que consagró en llamas el cuerpo tendido de Don Marco, encontrando así su muerte, entre la “mala suerte” de matar a un gato de color negro  y el vicio de toda su vida…

El sueño eterno

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 Un año más de vida implica, naturalmente, trescientos sesenta y cinco días más cerca de morir. ¡ Vaya dilema!

Antes de irme a dormir, noté para mi desagrado, que la noche se vestía con un traje inhabitual.  No había una estrella en el cielo. Aquel despliegue de tiniebla dejaba imaginar que sería una noche que no vería el amanecer. Una penumbra que parecía vigilarme, penetraba en tres de las cuatros paredes de la habitación, mientras el aire frígido continuaba instalándose debajo de las cobijas. No sabía si se me sería permitido conciliar el sueño, pero cerraba los ojos más por evitar aquella sombra vigilante, que por realmente poder dormir. Había transcurrido el tiempo, pero el pequeño pedazito de cielo que alzaba a ver tras el reflejo de la ventana, me decía que la noche o tal vez ya la mañana, se empeñaba en ajustarse el traje espectral.

Al fin mis ojos se cerraron, ya por efecto natural del cansancio. ¿Qué iba yo a imaginar que el haberme quedado dormido, sería haber dejado abierta la puerta del fantasma de la muerte? En el sueño de aquella vez, un chiquillo abría por primera vez los ojos y conocía el mundo. Lloraba y lloraba. Nada se podía hacer para que el niño cesara su llanto. Parecía espantado por el mundo que reconocía en sus pupilas. El niño murió de manera inexplicable y acto seguido, abrí mis ojos con terror al haber visto a la muerte bajo un manto de tiniebla, presente en aquel sueño, cargándome entre sus brazos.

Ahora que lo pienso, aquello de un sueño no tenía nada. Lo que nos despierta llenos de miedo en las noches se conoce como pesadilla.

Para mi fortuna, la noche no falló a la cita con el alba, y cuando el cielo aclaró, vino mi tranquilidad, y con ella, un profundo sueño. ¡Qué noche había tenido!

No recuerdo jamás haber estado despierto durante ese atractivo encuentro que se desata cuando todos están bajo el mando del subconsciente. Por desgracia, el miedo no me hizo posible ser un espectador de aquella ejecución de magia.

El cambio del cielo, como fruto de esa prodigiosa e infaltable cita entre la noche y el amanecer es una maravilla no apta para los ojos del hombre. Tal vez porque no lo merecemos o porque ignoramos, como tantas cosas, el artilugio celeste que nos ha sido obsequiado.

Al despertarme, mi familia me felicitaba debido a mi cumpleaños. Yo no contestaba, recordando que el niño que había nacido en aquel “sueño”, era yo mismo quien instantes después era raptado por la muerte.

Siempre que hablo sobre este sueño, por alguna razón relaciono mi fecha de nacimiento con la de mi caducidad. Por ello, desde aquella pesadilla, cada noche previa al día de mi cumpleaños, nunca consigo dormir. Siempre me enfrento a la muerte.

En la calle de los muertos

En la calle de los muertosEl cielo languidece bajo brumas de polvo helado. Son las seis de la tarde y estoy en mi casa completamente solo. Cada sonido se escucha perfectamente. Mi tacto se ha vuelto más sensible, pues los vellos de mis brazos así lo hacen notar con el mero roce del viento. No veo con mucha claridad, pero me siento bien. Todo a mí alrededor es extrañamente mejor que siempre. Creo que no ha pasado mucho tiempo, cuando me percato de que tengo compañía.

A mi derecha, un hombre de aspecto estrafalario y grotesco se retuerce con desespero al sentir el demonio en su interior. No es para menos. Ha bebido una cantidad de veneno suficiente para acabar con su vida y otras siete más, si es que acaso se trata de un gato. A mi frente, una anciana desangrándose me mira fijamente, como queriendo dejar en aquel lugar el fantasma de sus últimas palabras, mientras el tiempo parece hacerse mucho más lento.  Justo a mi izquierda, dos chicas se besan, palpando la puerta de un éxtasis orgásmico. Una de ellas tiene su brazo a la mitad, pero lo usa con magín para saciar a su amiga, de la cual se desprenden unos vellos gruesos de sus axilas, que crecen a medida que recibe más placer.  Apenas alcanzo a ver un líquido viscoso que recorre el cuerpo de una de ellas, cuando noto la presencia desde atrás de un enorme búho que se acerca de la cocina al cuarto, sigilosamente. Perdido en sus enormes ojos, advierto la situación de peligro  en que me encuentro, pero mi cuerpo es tan pesado y lento para abandonar aquel lugar que tan solo me echo a reír como loco. Me siento tan bien como nunca antes.

A la mañana siguiente, en la prodigiosa calle de los muertos, los eruditos me reciben con la misma sonrisa, mientras yo saco de mis bolsillos el poco dinero que me queda, suficiente para adquirir otro tiquete a visitar la muerte.

Carlos J.

¡Dialoguemos con nuestro amigo!

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A veces tengo la extraña sensación de que mis neuronas andan un poco desordenadas en mi cabeza, que es muy corto el camino que hay entre la locura y la cordura, y yo, como transeúnte de mi propio destino, siempre cruzo ese camino con plena facilidad. Así, me encuentro entonces en un estado de demencia sin remedio que no me impide volver a la realidad cuando así se me antoja, y entre esa virtud como yo la llamo, me muevo vagamente entre dos mundos paralelos, que coinciden en tiempo y en lugar, dejándome concluir, que es así como se han pasado los más de veinte años de mi existencia.

Bajo ese agitado estilo de vida, con constantes viajes alucinantes que enriquecen mi nivel cultural y estabilizan mis emociones, pude encontrar muy en mi interior el centro que une a esos dos mundos, y no era otro que mi buen y, a veces, esquivo amigo alojado en mi interior. No sé su nombre, pero tengo la sospecha de que tiene exactamente el mismo que aparece en los registros de la iglesia católica donde me bautizaron. Empecé a conocerlo más a fondo y noté que compartimos bastantes cosas en común, y cuando no sucede, siempre me está dando un buen consejo y hablándome bajo un silencio aturdidor, que a veces siento que está ahí, justo a mi frente o a un costado de donde yo estoy, para actuar de contraparte y hacerme reflexionar en toda decisión. Sí… no cabe duda, es mi gran amigo interior. Algunos días deja de hablarme, cuando mi rebeldía llega a altos niveles de estupidez, que terminan dejándolo triste y abandonándome sin decir nada, pero de la misma manera aparece al poco tiempo, para hacerme saber que ahí estará siempre, incluso después de que me llegue la hora.

Ese amigo, ahora que lo pienso, nunca me ha dejado solo. Él no conoce de olvido ni traición ni ninguno de esos males que acechan a este, el mundo real. Ha estado desde el primer momento en que mis órganos emprendieron su ardua labor. Me ayudó a dar mis primeros pasos y a pronunciar las primeras palabras, jugó conmigo mientras crecía, e incluso estuvo presente cuando vio brillar mis ojos al ver a esa dulce niña, igual de inocente, que supuso la primera discusión entre el sentir y la razón, y de ahí en adelante, ha sido el fiel consejero en tantos desafíos que impone la vida.

En este momento, no sé si es él o yo, quien pulsa las teclas para escribir este relato, pero es que ha sido tan amena su compañía y tan leal, que creo que merece estas sinceras líneas. Él me acaba de aconsejar que vayamos a dormir, para entrarnos en esa aventura onírica que tanto nos gusta, a pesar de que muchas veces, ni siquiera recordamos al despertar.

Yo le haré caso. Él siempre tiene y tendrá la razón. Sonreímos por el buen día que hemos tenido, pero nos damos cuenta de que ya es hora de pasarnos al mundo real, ese en el que tristemente, uno no puede hablar con su amigo imaginario porque ya le están recetando un psiquiatra que nada sabe de nuestros viajes por esos dos mundos, que al menos en nuestro caso, son tan aliados como nosotros.

Este encuentro con mi amigo, no es producto de ninguna matica de mil poderes, ni mucho menos. Es solo un espacio que da lugar a la autorreflexión, un espacio que siempre hay que darse con ese yo interior, que algunas veces nos hace caer en pecado y en otras, nos lleva a la salvación, pero que nos recuerda que a veces es bueno conservar un poco de esa dosis de locura, que nos logre comunicar con nuestra querida alma. Es así como se sentirá el placer y la paz de la verdadera libertad, que primero hay que resguardarse adentro, para después, con alto ímpetu, proyectarse al mundo, cualquiera que sea este.

— Carlos Jaramillo —

A una pintoresca mujer parisina

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Armenia, Colombia
07 de febrero de 1920

Para una pintoresca mujer parisina

Recibe esta carta, querida, con la alegría con que yo te la escribo, por favor. Apréciala, guárdala y dale un espacio en el viejo cajón donde sé que guardas tus cosas y dale también uno en algún rincón de tu ser. Ya sé que el cajón, al igual que tu ser, están llenos, que no hay cabida para nada más, pero hoy, solo hoy, haz una excepción y recibe este corazón lleno de letras y envuelto en papel.

Sólo si prometes que así lo harás, continúa leyendo. De lo contrario, envía una señal en los próximos 10 segundos que me de por entendido que no te interesa conocer su contenido, y así, entonces, en las calles dejaré que pierda su forma con el caer de cada gota que golpea mi techo.

Bien… ahora que curiosamente esta eterna distancia nos sirve de puente, que la subjetividad del tiempo muestra su cara y que en 10 segundos apenas pude notar, levemente, sonrisas tuyas perdidas entre el humo que sale de esta taza de café, doy por entendido que tanto tú como yo hemos estado esperando este momento.

¿Sabes? Justo ahora, recuerdo con cierta nostalgia a dos necios pactando no olvidarse frente al mogollón de aves que posaban expectantes en aquel prado de Beleville. Aún hoy, después de 10 años, me sigo debatiendo entre si fue real o fue un sueño, pero lo cierto es que ahí estabas, ahí estábamos, adornando cada fase del día sin temores ni ningún otro deber más que el de amarnos.

Disculpa si esta cita, algo a deshoras, ha golpeado muy fuerte tus ventanas. Espero que no haya sido suficiente para despojarte del sueño que ocasiona tu placidez facial, porque es tal vez ese el trasmundo por el que podemos vernos y comunicarnos.

Amiga mía, me gustaría pensar que ese horrible banco, motivo y testigo de risas sin sentido y por doquier, sigue allí, iluminado por las luces parisinas que exaltaban los besos que se quedaron en dos almas perdidas en el tiempo.

Dime si aun conservas esa nuestra luna que se extendió por todo el cielo hasta largas horas, anunciando la llegada de las primeras luces del alba y reflejando en su cristal, la más bella y romántica ciudad europea.

Dime si aun recuerdas las palabras que esa noche y esa mañana se dijeron al aire y a París…

Tanto por saber, por recordar, pero ahora debo solo decirte algo más: Amada, amiga, compañera, debido a que ambos nos encontramos inmersos en otra época, o al menos así hemos creído o querido creer, te quiero pedir que me lleves algún día de vuelta a la ciudad de las luces, a la ciudad que te vio nacer, a la ciudad que presenció el verdadero amor.
Tan solo ten en cuenta no volver a demorarte 10 años en aparecer, y así, prometo enviarte cada noche una carta silenciosa: un corazón lleno de letras y envuelto en papel…

Att: Tu amigo y amor fugitivo del tiempo.

— Carlos Jaramillo —

Un relato a la vorágine del alma…

vorágine del alma

Por un estrecho callejón averiado, va  divagando mi alma, intranquila y siempre tan pretenciosa…va por ahí atravesando obstáculos, pero a veces ingenua de la verdadera contingencia que acarrea la vida. A sabiendas de la mendacidad que la rodea, siempre termina afligida y consumada como si de nada sirviera la pericia de este reto que es vivir.

Y entonces camuflarse de inquebrantable parece ser la más sensata decisión, enfrentándose a la disyuntiva de intentarlo una vez más o de abandonar por completo y solo vivir de esa grata remembranza que le regalaron aquellos excelsos labios.

Esta amedrentada alma qué sabrá de su incierto destino, si esta vez una fémina silueta le ha movido su mano de un lado al otro y se ha marchado, le ha dicho adiós sin palabras y sin dar lugar alguno para la verdad.

No queda más que ese infaltable toque irónico que envuelve la vida, ese resguardo en un viento volátil y ese recuerdo ceñido en el tiempo, para así continuar conduciendo ligeramente el timón de esta alma, la fiel protagonista del presente relato, por ese soñado camino libre de fisuras y lleno de historias que, a la larga, terminarán prolongando aquel matiz etéreo de la vida y harán quizá lo propio con este punto final.

— Carlos Jaramillo —